El Festival 10 Sentidos

El encuentro anual de artes vivas de Valencia, el Festival 10 Sentidos, parece ser un desconocido para el público barcelonés.

Riikka Laakso

Riikka Laakso

Investigadora de dansa, coreògrafa i ballarina

El encuentro anual de artes vivas de Valencia, el Festival 10 Sentidos, parece ser un desconocido para el público barcelonés; el nombre nos suena desde la lejanía, nadie confiesa de haber participado, Valencia parece quedar lejos (aunque la distancia modesta de 350 quilómetros se recorre en tren a penas en tres horas). Desde 2011 las directoras del festival Meritxell Barberá e Inma García –también coreógrafas y fundadoras de la compañía Taiat Dansa– confeccionan un tejido artístico variado para unas tres semanas en mayo. Pero más que sólo exhibir obras, Barberá y García quieren hacer de 10 Sentidos un festival participativo, inmersivo, por lo tanto incorporan a la programación una cartelera extensa de cursos y masterclass, tanto para el público en general como para los profesionales de la danza. La manera en que el festival se extiende por la ciudad, a través de 14 escenarios y espacios de todo tipo que acogen las actuaciones, también facilita ese carácter inmersivo. En los cuatro días de mi participación, recorrí Valencia de norte a sur, desde unos barrios lejanos hasta la zona más turística, o a los edificios altamente sofisticados del panorama artístico valenciano. Un golpe de calor repentino hizo subir la temperatura por momentos hasta 35 grados, algo que intensificó mi sensación de una aventura artístico-arquitectónica en un país exótico. Empiezo con un aviso: vi mucho y dejé volar el pensamiento: el tiempo estimado de lectura para esta crónica es de unos 15 minutos.

Los vientos turbulentos de la compañía Non nova

Después de haberme perdido, con ayuda de una aplicación conocida de mapas, en los jardines del Parc de La Rambleta – un parque precioso con aires casi tropicales, de árboles frondosos y plantas de lo más variopintas – logré llegar al Espai Rambleta para empezar el festival con la compañía francesa Non nova. Su obra infantil L’après-midi d’un foehn tal vez nos suena: es una versión celebrada de La Siesta de Fauno protagonizada por unas bolsas de plástico bailando a ritmo de la música de Claude Debussy. Bien, no tuve la suerte de ver la obra en el Mercat de les Flors en 2017, pero tampoco la pude disfrutar en Valencia: un colegio había comprado todas las entradas del último pase (¡qué suerte por los alumnos!), y me dejaron con las ganas. Pero sí pude ver otra obra de Non nova, titulada VORTEX, que forma parte de la investigación minuciosa de su directora y artista de circo Phia Ménard. Desde 1998, ella ha trabajado con bailarines, músicos, Djs, pensadores, científicos o técnicos, en obras que indagan en los juegos de malabares desde una percepción escénica. Ha tomado como referencia los antiguos filmes de burlesque, las lecturas performáticas o un plató de televisión, o materiales naturales como hielo y agua.

El público baja las escaleras del teatro hasta el escenario, donde un sonido parecido al de una gota de agua cayendo encima de un timbal genera un ambiente misterioso. De aires circenses únicamente nos recuerda el manege, con los espectadores sentados en bancos que rodean la tarima circular casi por completo. Ya de inicio vemos los verdaderos protagonistas de la obra: 24 ventiladores en círculo alrededor de la tarima. Con una precisión cirujana la performer – la propia Phia Ménard vestida con traje abundante, sombrero, gafas de sol y con el rostro tapado con una especie de vendaje – corta una bolsa de plástico de asas que con ayuda de celo se transforma en un muñequito. Su concentración extrema evoca el espíritu de Gepetto o del padre de Frankenstein, moldeando un recipiente para una nueva vida. Aunque la preparación es extensa, el momento que se encienden los ventiladores y ese ser cobra vida es mágico: una simple bolsa de plástico se transforma en una ninfa juguetona, improvisando una danza de belleza frágil con sus hermanas – otras bolsas de plástico trucadas que la performer extrae de su traje. Este baile de ninfas inocentes, alegres y despreocupadas fue para mí uno de los momentos más preciosos de todo el festival.

Así comienza la obra, y también es el comienzo de algunas confusiones. Ménard se va desvistiendo, quitando capas de plásticos de diferentes colores, tamaños y densidades que arropan su cuerpo, y todas estas capas acaban volando en el aire. Y según las características del material, sumadas al increíble manejo de aire por Pierre Blanchet (acreditado en el programa como ‘diseño del viento’), ese plástico encarna un movimiento u otro. La performer se mueve dentro, con, rodeada y acompañada por todo tipo de turbulencias materializadas, cuyas danzas son infinitamente superiores al cuerpo humano. No podemos competir con el viento, porque su presencia es demasiado honesta y sus movimientos tan ágiles. El argumento sobre ‘las capas de un ser humano’ – mostradas por el desvestirse constante que realiza la performer – me resultó lejana, y la dramaturgia poco volátil. Los bailarines (in)corpóreos de VORTEX (en castellano ‘vórtice’, título que describe a la perfección el ambiente de la obra) desvelan el encanto innato del viento, un dinámico flujo hipnotizador de movimientos universales que no necesitan explicaciones.

Por otro lado, las diferentes capas artificiales que plastifican y encadenan al cuerpo de la performer, una vez liberadas en el aire se transforman en monstruos con vida propia: encarnan formas y texturas propias de una escultura de Chillida o burbujeos de la espuma del mar, intensificadas por las luces de Alice Ruest y la composición musical de Ivan Roussel. Esas ataduras transformadas en belleza descontrolada, unos monstruos imprevisibles animados por el viento indomable, encajan excelentemente con la temática del festival, que este año tiene el subtítulo ‘Bestias’.

Wim Vandekeybus y observar el vacío

Durante sus nueve años de recorrido el Festival 10 Sentidos ha podido contar con grandes nombres internacionales como Jerôme Bel, Maguy Marin, Mats Ek y Ana Laguna o Romeo Castellucci. Este año la mítica bailarina canadiense Louise Lecavalier –la primera figura de la compañía La la la Human Steps durante casi 20 años, y conocida para el gran público por traer una energía animal a los conciertos de David Bowie en los años 90–  actuó al inicio del festival con su solo So Blue. El otro gran nombre de este año es el coreógrafo belga Wim Vandekeybus y su compañía Última Vez, conocidos por una fisicalidad extrema – bestial –, y el riesgo físico en escena.

El Monasterio San Miguel de Los Reyes, situado en las afueras de la ciudad entre bloques de pisos de aspecto sesentero, presta su iglesia como escenario para la pieza Go Figure Out Yourself (Descúbrelo tú mismo) de Vandekeybus. El entorno religioso colosal contrasta con una puesta en escena sencilla, incluso casera: una especie de esculturas móviles construidas de trastos viejos, sillas de todo tipo apiladas en torres o bancos de madera desgastada, incorporando una luz difuminada con una garrafa de agua antigua, trapos viejos u otros materiales semitransparentes. Cada uno de los cinco bailarines tiene su escultura, su ‘casa’, y como público nos movemos libremente en el espacio, agrupándonos alrededor suyo a veces de manera espontánea, otras veces siguiendo las instrucciones. Las escenas sueltas fluyen, en algunos momentos los bailarines escogen a un espectador y le dedican una secuencia de movimiento, le rodean bailando en contacto visual, se acercan y se alejan de su víctima-invitado dentro de la coreografía ensayada. Porque el movimiento de Vandekeybus es eso; preciso, volátil, acrobático, orgánico, organizado. O con palabras de un espectador: “¡Parecen del Circo del Sol!”, seguramente refiriéndose sobre todo al bailarín de aspecto oriental Kit King, cuyo virtuosismo acrobático y control corporal absoluto convierten la iglesia momentáneamente en un circo itinerante. La ilusión de facilidad que proyectan los bailarines en sus movimientos extremos deja boquiabiertos hasta los más escépticos, y más cuando ocurre a pocos centímetros del público.

Pero Vandekeybus no sólo juega con el movimiento, sino introduce la palabra desde el comienzo del recorrido. Ya en la primera escena los bailarines hacen preguntas retóricas al público, o mientras uno se presenta bailando los otros describen irónicamente sus cualidades (‘Es un iluso’, o ‘Siempre quiere llamar la atención’). Las pequeñas historias íntimas se mezclan con monólogos, por ejemplo un sermón sobre el liderazgo recitado desde el púlpito por Hugh Stanier, un bailarín de aspecto desenfadado con rastas. Sí, estamos en una iglesia y la elección del espacio no es gratuito; el exceso de acción, movimiento, sonido, texto y gesto empieza a anudarse alrededor del poder y la fe. “¿Quién es tu líder, cuál es tu Iglesia, qué es tu luz?”, preguntan las escenas empleando todas las maneras posibles e imposibles. Pero en un momento gana la imposibilidad: el espectáculo ocurre en inglés. Cuando cada espectador escoge a su intérprete favorito para escuchar su historia personal, decido seguir a Sadé Alleyne que nos habla con una energía explosiva sobre su juventud. En ese momento alrededor suyo empiezan las peticiones por una traducción simultánea.

La obra también propone al público unas reflexiones a través del movimiento –nos invita a ‘tocar la luz’ para sentir su delicadeza con las manos, o correr gritando a pleno pulmón para intimidar a las tropas enemigas– donde los matices de la acción generan pensamiento: la luz efímera radia belleza, mientras la energía grupal contiene una violencia bruta. En estos momentos parte del público se traslada a un país desconocido, incapaces de seguir el juego. Hay una división en los que entienden y en los que siguen.

Tal vez estoy influenciada por los montajes de Roger Bernat –que, por cierto, estuvo en Festival 10 Sentidos en 2014 con Dominio Público y con la espléndida Consagración de la primavera– , y su manera de hacer al espectador reflexionar por qué participa, cuál es su rol en la comunidad o hasta qué punto está dispuesto a seguir las instrucciones. Después de esas experiencias, este “hacer cosas todos juntos sin saber muy bien porqué” me provoca cierta tristeza. Cuando hay ganas, nos agarramos a lo mínimo que entendemos, respondemos con una sonrisa amable y participamos.

Al final de Go Figure Out Yourself, después de reflexionar con palabras y acciones sobre cómo recorrer esa distancia casi imposible entre dos cuerpos individuales –como transitar en el vacío, en la nada, para llegar al otro y construir una plenitud compartida–, los espectadores tienen la posibilidad de verbalizar sus pensamientos, de tomar la iniciativa en proponer un cambio. Las esculturas móviles ahora tienen conectado un micrófono para ampliar la voz de los que tienen algo que decir. Pero embriagados por una festividad participativa, un grupo de espectadores decide cantar un tema habitual en los aniversarios, y las palabras de otro tipo quedan silenciados, sepultados en ese buen rollo. Un acto revolucionario y sensible se convierte en movimiento gratuito y, en este caso, festivo.

Ocupación de la Plaza del Ayuntamiento

Desde sus inicios el festival ha querido visibilizar colectivos vulnerables en nuestra sociedad, organizando un eje temático alrededor de temas como lo caótico o las personas mayores, y de esta manera acentuando su valor. Esta misión se hizo especialmente visible en un evento-fiesta popular organizado todos los años en la Plaza del Ayuntamiento, este año el sábado 11 de mayo. El día estaba lleno de intervenciones artísticas en un ambiente soleado, concentrados en y alrededor de un escenario bajito montado en el centro de la plaza. Sin sillas alrededor del escenario, el espacio en sí ya invita a los ciudadanos a acercarse cuando comienza una actuación, y muchas personas parecían descubrir el evento in situ y decidir quedarse mirando.

El programa empieza con tres duetos que toman las diferentes realidades corporales como punto de partida. Doos Colectivo muestra en El fin de las cosas la dificultad de relacionarnos contraponiendo la posesión y la libertad, y llenando el escenario de elementos orgánicos como hojas y flores, fundiendo así lo real de la naturaleza con lo ficticio del escenario. Colectivo El Brote expone en su pieza Sin·Vergüenzas acciones íntimas en público, rondando temas como el fracaso o la sexualidad, y contrastando dos cuerpos: una en silla de ruedas y el otro no. En cambio, el dueto Sueños reales de cuerpos posibles de José Galán y Lola López, reflexiona sobre cómo bailar flamenco con la silla de ruedas, concluyendo con una imagen de dos cuerpos fusionados, uno fundiéndose al otro, como observación de lo incompletos que somos todos.

A parte del escenario, alrededor de cual los espectadores ágilmente improvisaron diferentes formaciones sentándose en el suelo o agrupándose en las pocas sombras –toda una coreografía para el público–, las intervenciones trazaron un recorrido por varios puntos de la plaza. El piano de cola tocado por Vicent Colonques acompañando a la cantante valenciana Elma Sambeat estaba en un lado de la plaza. En cambio, en La Oscilante –una investigación en el terreno del flamenco– Pol Jiménez desafió con sus zapateados el asfalto delante de la tarima central.

Destacaron las piezas hechas especialmente para el espacio público-urbano, o más bien los site sensitive, donde el contenido se deja influir por el lugar. Las miradas de los transeúntes o el entorno mismo con sus árboles, bancos, aceras y coches transforman la acción artística, algo que ocurrió en la intervención Gospel for the present time, dirigido y realizado por Camille Voyenne. Parte del colectivo francés Champ Libre, Voyenne – de pelo largo y barba poblada, cercano a una imagen de Jesucristo contemporáneo – comienza a desvestirse en medio de la plaza, para luego revestir a ese cuerpo desnudo con barro, hojas y paja. Ante nuestros ojos ese hombre urbano se transforma en un Robinson asalvajado, una escultura viva coronada con espigas y flores, o una bestia arrojada a la ciudad. Saltando a cuatro patas rodea el público o aparece ante los paseantes, abraza a los pocos arboles de la calzada hasta desaparecer en la multitud. El entorno urbano real es la escenografía de esa exploración, los transeúntes hacen de figurantes aportando sus reacciones espontáneas a la escena: construyen el mundo que rodea a ese monstruo melancólico en busca de la naturaleza desaparecida en un entorno supuestamente civilizado.

La ocupación más poderosa de la plaza fue colectiva. Unos 40 participantes se unieron en Beast Dance, una danza compartida por bailarines y ciudadanos, jóvenes y mayores, personas en sillas de ruedas, de etnias y edades variadas, creada específicamente para el festival por el coreógrafo neoyorquino Shamel Pitts. Durante el proceso los bailarines profesionales hicieron de transmisores en los colectivos locales para construir una acción que fue mucho más allá de un simple flashmob, mostrando los movimientos únicos de cada participante en un gesto compartido – casi como un manifiesto sobre la diversidad corporal. El precioso encuentro fue una mezcla perfecta entre rigurosidad y libertad, un baile al mismo compás, pero abrazando la individualidad de cada uno. Beast Dance logró traducir en movimiento, en acción, uno de los lemas del festival “Todos tenemos una discapacidad”, que cuestiona con firmeza los parámetros de perfección y normalidad que dominan a nuestra sociedad neoliberal.

Doris Uhlich y una invitación a vibrar

El último espectáculo de la visita me llevó a conocer otra realidad teatral de Valencia: el Palacio de las Artes Reina Sofía, parte del complejo arquitectónico de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, cuyos aires de ciencia ficción y superficies inmensos cubiertos de mosaicos blancos dejan sin aliento. Dentro de ese entorno megalómano, el Teatro Martín i Soler es un espacio más de escala humana, que acogió la obra íntima Every Body Electric dirigida por la austriaca Doris Uhlich. Con el público sentado a tres bandas –dos filas a ambos lados del escenario y unos pocos espectadores agrupados en la platea–  tres bailarines en silla de ruedas nos dan la bienvenida con sus miradas cálidas, mientras la cuarta, Yanel Barbeito, ya ha empezado su solo inicial. Desnuda en el suelo su cuerpo se agita con convulsiones que se transforman en oleajes de movimiento. Su corporalidad es de una transparencia vertiginosa movida por unas fuerzas profundas y desconocidas. Ese prólogo de Barbeito da paso a múltiples secuencias de agitaciones, vibraciones y sacudidas de todo tipo, realizadas en solitario o con ayuda de otro bailarín, en silla de ruedas o fuera de ella.

Al poco tiempo me doy cuenta de que no tengo ningún conocimiento sobre cómo es una silla de ruedas: cómo es estar en ella, qué movimientos son fáciles o difíciles, qué posibilidades sugiere ese elemento que para unos debe ser algo inseparable del cuerpo, o casi un miembro más.

El señor sentado a mi lado mira al suelo, tal vez incómodo, sobre todo cuando los performers se quitan la ropa y repiten las secuencias sacudiendo ahora su carne desnuda. Decido tomar la obra como un lugar donde está permitido mirar, y de esta manera intentar aproximarme a cuerpos que me son extraños por su diferencia. Esta diferencia rápidamente se convierte en singularidad. Vera Rosner-Nógel es una Venus hermosa y carnal, con sus piernas frágiles reposadas en la silla de ruedas. Cierta timidez de Thomas Richter invita a descubrir quién es ese hombre misterioso y qué nos quiere contar su cuerpo robusto. La música se encarga inteligentemente del recorrido dramatúrgico de la obra, transformándose de un pulso electrónico repetitivo y frio a una especie de punk insistente, y luego a un loop popero. Disfruto de las miradas honestas de los performers, de su apertura en el contacto, de sus invitaciones a moverme internamente con ellos – y lo hago: mi cuerpo también vibra. La imagen final que construye Adil Embaby desmontando su silla de ruedas, dejando a las ruedas girando en el suelo y luego tumbándose desnudo al lado de ellas con los brazos cruzados detrás de la nunca, es de belleza sublime. La letra de la música revindica “people are people”, y estoy profundamente movida por dentro.

El Festival 10 Sentidos de este año ha propuesto indagar en las bestias, y la monstruosidad de los seres humanos ha cogido diferentes formas artísticas para revelarse. Pude experimentar distintas reflexiones sobre cómo la violencia nace en nuestro comportamiento, tiñe las relaciones con los demás, brota en toda nuestra acción. Pero llegué a la conclusión de que esa agresividad reside sobre todo en la mirada, en el olvido de que absolutamente todos somos prisioneros de nuestro cuerpo. La bestia que hay en todos nosotros aparece en la mirada, en ese primer intento de recorrer esa distancia — para atravesar la nada.

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