El segundo Greenaway

El segundo Greenaway reniega de su oficio, nos acusa de analfabetos visuales y se mueve en el escenario con la soltura de un presentador de televisión

Aquellos que la noche del lunes pasado asistieron al CaixaForum de Barcelona para escuchar al director de películas como El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante o El niño de Macon salieron decepcionados. Ese Peter Greenaway está muerto. Él y los cientos de cineastas en el mundo que todavía siguen basando sus obras en el texto y no en la imagen. De eso y otras cosas trató de convencernos este galés desfachatado e histriónico durante las dos horas que duró su conferencia.

El segundo Greenaway reniega de su oficio, nos acusa de analfabetos visuales y se mueve en el escenario con la soltura de un presentador de televisión norteamericano. Además ejerce de video jockey enfundado en un impecable pinstriped suit y se entusiasma con las posibilidades que brindan las nuevas tecnologías para la creación artística. Particularmente con la versatilidad del teléfono móvil y ese universo caótico e interactivo que denominamos youtube. Ambos dispositivos le parecen liberadores. Democráticos. Lo afirma con la misma naturalidad con la que da la fecha exacta de defunción del séptimo arte: 1983. Por si se lo preguntan, ese fue el año en que el mando a distancia llegó a nuestros hogares. Ya se sabe, a este hombre de setenta años le sigue molestando que decidan por él.

Si el primer Greenaway nunca fue del todo convencional, el segundo ha decidido experimentar radicalmente con el lenguaje cinematográfico. Su trabajo más reciente pone en evidencia esa cruzada particular por ampliar los márgenes de su profesión. Entre los fragmentos audiovisuales que presentó destaca Las bodas de Caná, una pieza monumental que gira en torno al cuadro homónimo que pintó Paolo Veronese en 1563. Si la cito es porque esta obra resume perfectamente su renovada estética transfronteriza. Y es que si algo distingue al segundo Greenaway es su hibridez. El ánimo de borrar los lindes que separan al cine de otras artes, sobre todo con respecto a la pintura. Esa gran pasión. En todo caso, el diálogo que propone este artista con sus elaborados montajes ya no se da través de la palabra, sino a partir de la luz, la repetición y la música. Siempre alta. Omnipresente. Además del sentido del humor y esa particular interpretación del espacio y la grafía que hace a sus planos tan reconocibles.

Al escuchar a Greenaway centrar su charla en la necesidad de imaginar un cine que no se conforme con ilustrar o adaptar textos –una de las cuatro tiranías que le asfixian, además de los actores, el marco y la cámara- no pude evitar pensar en Antonin Artaud. Otro creador heterodoxo y polifacético que luchó tiempo atrás contra fantasmas similares. Después de todo, el Teatro de la crueldad no es sino un intento por romper la subordinación del teatro a la palabra. Como Artaud, el segundo Greenaway busca poner al espectador en el centro y ofrecerle piezas que le quebranten e hipnoticen. Imágenes que le saquen del marasmo actual y le alejen de la inercia, el aburrimiento y la estupidez. Aunque con ello pierda el 80% de su audiencia.

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