Alemania-Argentina, derbi papal

13.07.2014

Cuando el papa Bergoglio deja la habitación 201 de la residencia de Santa Marta para reunirse con el papa Ratzinger, ya se imagina las bromas y viñetas que aparecerán en la prensa del día siguiente: Francisco I sentado en su sillón al lado de Benedicto XVI, uno con su mate en las manos y el otro con su jarra de cerveza, mientras siguen por la televisión el partido Alemania-Argentina, el derbi papal. La estampa se presta a todo tipo de estereotipos, ¿pero qué habría hecho san Francisco en este valle de lágrimas si hubiera obrado con sentido del ridículo?

Adam Fabra Ruiz | @repbananera_cat

Jorge Bergoglio es futbolero y socio declarado del San Lorenzo de Almagro. Benedicto XVI, en cambio, siempre ha pensado que el fútbol es el opio del pueblo. De hecho, los nombres de Klose o Müller no le resultan familiares, pero ve en este encuentro una oportunidad de felicitar a su sucesor, que en una de sus últimas intervenciones pronunció una frase que ha dado la vuelta al mundo: «Los comunistas nos han robado la bandera de los pobres». Una afirmación que le hubiera ido muy bien al teólogo Ratzinger durante todos sus años de lucha doctrinal contra la teología de la liberación. ¿Por qué no se le había ocurrido a él una frase como aquella durante su papado? Benedicto XVI se movía como pez en el agua por los artículos de la santa doctrina, pero a la hora de convertir el dogma en eslogan no había tenido tanto éxito como Wojtyla o Bergoglio. Desde hace más de un año, Ratzinger contempla el mundo a través de un velo protector, pero hay un aspecto de la doctrina que últimamente lo desasosiega y que quiere comentar con su sucesor.

Es la antigua cuestión de la infalibilidad papal. Ratzinger siempre ha sido demasiado racional para creer en la infalibilidad del sumo pontífice, pero nunca ha tenido el suficiente coraje para negarla. Se habrían tambaleado demasiadas cosas. Durante su pontificado no llegó a adquirir la seguridad de encarnar con bastante solvencia y convicción este extraño dogma de la Iglesia. Antes de ser papa, la infalibilidad en materia teológica no le había interesado nunca, siempre había preferido la dialéctica, convencer y derrotar al adversario con la fuerza de la argumentación antes que con la de la autoridad. La persuasión intelectual era, para Ratzinger, la máxima expresión de la sensualidad y no pensaba renunciar a ella.

Cuando fue ungido, Ratzinger confiaba en que la mitra papal insuflaría a su infalibilidad doctrinal un nuevo aliento divino, una inspiración sobrenatural que lo elevaría por encima de la disquisiciones teológicas y lo haría portador de una luz esclarecida. Pero pasaron los meses y los años y fue descubriendo que el aliento de las viejas virtudes teologales no bastaban para combatir toda la podredumbre que corroía a la curia.

De ahí su renuncia. Después llegó la consagración de su antiguo rival, el inspirado Francisco I, el papa anticlerical, el papa sin miedo que aparcó para siempre el papamóvil en el fondo de un garaje vaticano. El papa que limpió sin contemplaciones, que pidió perdón en nombre de los pederastas al tiempo que renunciaba a condenar a los gays.

Berglogio llega a la residencia de Ratzinger unos minutos antes del partido. Ambos han tenido que interrumpir su rutina para escenificar este momento, y afrontan con resignación la sesión fotográfica ante los profesionales de la prensa que se han congregado en la entrada del convento Matter Ecclesiae, residencia de Benedicto XVI desde que regresó de Castelgandolfo.

Una vez acabada, se sientan en la salita del televisor. No hay mate, tampoco cerveza. Ratzinger no piensa renunciar a ganar la final del Mundial, el espíritu combativo lo ha acompañado siempre, pero espera que el partido sea lo suficientemente aburrido como para poder plantearle a su amigo Bergoglio la pregunta de la infalibilidad. Y antes de que el arbitro pueda dar comienzo al encuentro, Bergoglio resuelve de un plumazo todas sus dudas:

—No se preocupe, estimado Ratzinger. Gane quien gane, hoy la infalibilidad papal está asegurada.

(Traducción de Esther Brines)