Marcos Ordóñez: “La memoria es muy turbulenta”

22.04.2013

Un Jardín abandonado por los pájaros se presenta, en primera instancia, como una autobiografía, sin embargo puede ser leída, desde la ficción,  como una novela de formación, así como puede decirse que comparte rasgos con la denominada narrativa urbana.

Marcos Ordóñez | Foto de Manu Manzano

En una ocasión, con relación a Gaseosa en la cabeza y utilizando un concepto de Ricardo Piglia, se refería a tu narrativa como… ¿podríamos definir así a la novela? ¿Cómo la definiría?

La novela es lo que a ti te ha parecido, ¿qué te parece que es el libro?

Desde la teoría literaria, el concepto de autobiografía es muy discutido y el yo tiende a ser definido como una construcción retórica-ficcional.  De hecho, En la entrevista que le realizó Eva Orue con motivo de Turismo interior, usted mismo se pregunta “¿dónde está lo autobiográfico en un escritor? ¿En un texto que se presenta como tal o en sus ficciones?”

Yo parto de la idea, por otro lado nada nueva, de que casi todo lo que se escribe es ficción, porque es una construcción. Este tema yo lo había tratado más desde un punto de vista teórico, aunque siempre desde la narrativa, en Turismo interior. Allí se trataba lo autobiográfico a través de tres relatos, o mejor dicho, tres nouvelles. El primero tenía la forma de un viaje en el tiempo; el segundo era una investigación sobre un escritor desaparecido, muerto en la primera juventud y que había dejado un libro de nueve relatos, como el libro de Salinger. A través de su hermana, que vivía en Estados Unidos, el relato trataba de reconstruir la vida de este escritor. El tercer relato, en cambio, era específicamente autobiográfico

¿Gaseosa en la cabeza?

Exacto, allí jugaba con la idea de Piglia de lo mutante y sobre todo me apoyaba en el máximo libro teórico-práctico sobre la autobiografía: La verdadera vida de Sebastian Knight de Nabokov. En Gaseosa en la cabeza estaba el germen del siguiente libro, Un jardín abandonado por los pájaros, donde recojo ideas de otras obras anteriores, pues ya había tratado lo autobiográfico en dos o tres libros: en A cualquiera puede sucederle aparecía el mundo de mis abuelos; en Una vuelta por el Rialto, que podría definirse más estrictamente una autobiografía literaria y en Turismo interior.

No siempre, los conceptos de ficción y biografía a menudo se mezclan, se intenta ver al autor detrás del texto…

Bueno, Un  jardín abandonado por pájaros hay un yo, pero también muchos otros: hablo de mi infancia y mi primera adolescencia, pero se habla de toda mi familia, desde los bisabuelos a los padres. Es la memoria de mucha gente. Hay un libro que a mí me influyó mucho, es un libro de un autor francés que aquí se conoce poco porque, creo, nunca se ha traducido; se trata de Bernard Frank. En su primer libro, Geografía universal, el yo era plural, cada uno de los diferentes yos se asociaba con un país: Alemania representaba una parte del protagonista, Londres, otra parte de su personalidad… Es un libro muy sugerente sobre la memoria.

Manu Manzano retrata Marcos Ordóñez, que ha publicat 'Un jardín abandonado por los pájaros' (El Aleph)

La memoria es de por sí ambigua.
La memoria es muy turbulenta, muy cambiante. Está lo que recuerdas y lo que crees recordar y, luego, siempre están aquellos que corrigen tus recuerdos, matizan aquello que tú recuerdas ofreciendo otra versión de los hechos. Sin embargo, más que la veracidad del recuerdo, lo relevante es la intensidad. Me resulta indiferente que alguien me corrija y me diga que esto que recuerdo no fue así, pues lo relevante es la verosimilitud de lo que se relata y, además, si entramos en este juego, tampoco habría razón por la que fiarse del recuerdo del otro, pues es tan poco fiable como el propio.
Además, es imprevisible la recepción de los recuerdos por parte del lector.
Por eso, creo que en el texto es más relevante la intensidad del recuerdo, y no la precisión del mismo. De todos modos, en mi libro hay un doble juego: yo me puedo responsabilizar, y hasta cierto punto, de mi recuerdo, pero luego en la narración aparecen los recuerdos de los otros. A partir de aquí entra, por un lado, la ficcionalización obligada y, por otro lado, la figura de mi hermana que, casi como una conciencia, comenta la verdad de los recuerdos. Creo que cuando mi hermana recuerda haber visto Matar a un ruiseñor es un momento clave con relación a este tema: ella recuerda haber visto en el film a una niña disfrazada de bombilla. En la película no había ninguna niña así disfrazada, pero este recuerdo de mi hermana ocultaba un recuerdo todavía más profundo. Más allá de la cuestión de la memoria, está la cuestión de la mirada. En Una vuelta por el Rialto veía más los aspectos oscuros de aquellos años respecto a ahora; además, ahora tengo más información de la que tenía entonces.

Hablando del proceso de escritura, en el momento de pensar Un jardín abandonado por los pájaros tenía más datos porque la vida le había dado la posibilidad de conocer mejor los hechos o había detrás una clara voluntad de ser más preciso y más próximo a los hechos.

No era intencionado. Podemos decir que el origen del libro está en unas conversaciones con mi madre y que yo grabé; no había un plan, no era cuestión de que yo quisiese escribir sobre mi madre, más bien se trataba de que ella contase ciertas cosas que yo no tenía claras. La idea inicial fue creciendo y fue conformándose el libro a partir de una estructura  temporal determinada: por un lado, aparece la infancia como un tiempo eterno y, en la separación por estaciones, el verano, por ejemplo, es todos los veranos, y, por tanto,  la duración es bajo el signo de la eternidad; por otro lado, está el tiempo histórico, que es el tiempo de la familia, donde todo está impulsado por el motor de la historia; es un relato más épico, es la épica de la supervivencia.

En la novela, Barcelona tiene un gran protagonismo, se narra la transformación de la ciudad. Además, uno de sus artículos lo dedicaba a Patrick Modiano, en cuyas novelas París es protagonista indiscutible.

Modiano es para mi un autor de cabecera y una gran influencia.

¿Cuán premeditado estaba el hacer de la ciudad un escenario sobre el cual escribir la historia?

Era inevitable. Barcelona es la ciudad donde yo he vivido. Aparecen otras ciudades, Madrid y Buenos Aires, pero los recuerdos de Madrid pertenecen a mi padre, no son recuerdos vividos. Barcelona me permite rescatar aquel mundo de los años ’60, cuando todavía se oían los gallos o las vacas, al anochecer. La novela se construye como un juego de cajas, está la escalera, la calle y, luego, la ciudad. También hay la oposición entre el barrio de mis padres cerca de Lesseps y luego el barrio de mis abuelos; el primero representa el mundo de la modernidad, el mundo de las primeras neveras, y el otro es un mundo “napolitano”. El barrio de mis abuelos es un barrio que ha dado muchos escritores.

Marcos Ordóñez | Foto de Manu Manzano

De hecho comenta que Montalbán iba a su mismo colegio.
No, Montalbán iba al mismo colegio de mi madre. Hay años de distancia, pero la generación de mis hermanos mayores es la de Vázquez Montalbán, Maruja Torres, Benet i Jornet, los hermanos Moix y todos ellos vivían en un radio de poco más de un kilómetro.. Todos coincidían en el concepto de lo napolitano: los mendigos no eran una excepción; en las calles de la pos-guerra se habían llenado de mutilados, como mi propia abuela, pero también estaba la luz. Por eso antes comentaba que en mis anteriores novelas tendía más a ver lo tortuoso, lo oscuro de aquellos años.

 

En la evolución de los tiempos que se cuenta en el libro, se describe la llegada de la televisión, que se une a la narración oral de la madre, a las novelas radiofónicas, al cine, al teatro o a la música.

En este libro he hablado poco del teatro, porque Telón de fondo, que apareció hará un par de años, era un cruce entre el ensayo y la memoria teatral; era un libro donde la memoria y la teoría se mezclaban, un género intermedio en el que me siento muy cómodo. Evidentemente, uno habla de lo que conoce, y lo que conoces forma parte de la memoria y, posteriormente, de la pérdida. En este sentido, comentaba que La verdadera vida de Sebastian Knigt ,  el libro que prefiero de Nabokov, trata sobre los mecanismos de la memoria y de la autobiografía como género engañoso, inaprensible. Evidentemente, el gran norte es Habla, memoria que es la restitución de todo un mundo perdido, ese mundo que Nabokov había conocido en la Rusia zarista

En Nabokov la pérdida se materializa con la pérdida o con el cambio de la lengua, del ruso al inglés.

Allí confluye todo.

Son varios los momentos del libro en los que se percibe la influencia del cine como filtro a partir del cual el niño mira la realidad; en concreto, durante un viaje en autobús, en el que el paisaje de Barcelona es el paisaje de un western.

El niño observa a partir de pantallas interpuestas. Hay momentos en los que hablo de los cines de entonces, de su mecánica y que tiene que ver con la manera de ver cine de la época. Ahora puede extrañar, pero era una manera muy godardiana, pues antes no íbamos a ver películas, sino íbamos al cine. Se entraba en el cine en cualquier momento, había sesión continua y se veían las películas muy postmodernamente: se entraba a mitad de película y se terminaba viendo el inicio de la siguiente. Y esto condicionaba mucho la percepción, de hecho, creo que era una manera de ver interesante, pues educaba a la percepción discontinua. La referencia al western no es extraña si se piensa que una de las primeras seriales que veo son Las aventuras de Kit Carson.

En el libro se refiere a Platero y yo como una lectura muy importante en la formación y como una lectura que ha sido erróneamente leída como una obra infantil.

Yo creo que con Platero y yo hubo un error de interpretación, un error que también se ha dado en la denominada literatura femenina. Hay escritoras que a mí me parecen salvajes, en el más precioso sentido de la palabra, como Margarite Duras, Patricia Highsmith, Clarice Lispector, Mercè Rodoreda. Es muy sintomático al respecto como un libro, tan salvaje en su contenido, como La plaça del Diamant ha perdurado como ejemplo de literatura femenina, en el sentido más ñoño del término: la historia de una pobre chica que sobrevive en los años de la guerra. Se olvida, por ejemplo, la escena en la que la protagonista quiere matar a sus hijos con salfumán y matarse luego. Es de una ferocidad increíble, una ferocidad que atraviesa toda la obra de Rodoreda. Todavía hoy muchos siguen leyendo La plaça del Diamant desde esa otra perspectiva, sin fijarse, por ejemplo, en que Colometa es el nombre que el marido le da a su mujer, pero que ella nunca acepta. Algo parecido ha sucedido con Platero y yo, que evidentemente no voy a comparar con Au hasard Balthazar, pero que es una historia empapada en melancolía, en pulsión de muerte.

Marcos Ordóñez | Foto de Manu Manzano

Jane Eyre y, sobre todo, Cumbres borrascosas pueden ser consideradas dos excepciones dentro de esta tradición de literatura femenina y, además, son dos novelas que su madre le leía de pequeño.

Si es verdad, aunque por otro lado, también se vendían como historias de pobres chicas; representaban, en cierta manera, una continuación del folletín.

En su artículo El eslabón más débil comentaba el momento de crisis que sufre el teatro y la cantidad de jóvenes –actores, directores- que están en el paro.

El teatro se cuida poco, el teatro y la cultura en general. El aumento del IVA es un ejemplo de ello. Yo creo que en la base de esta decisión, está la estupidez en términos práctico, puesto que no van a recaudar lo que ellos creían que podían recaudar, al contrario, se ha perdido un amplio tejido empresarial y de público. Por otro lado, diría que hay una cierta voluntad de fastidiar a un determinado sector de la cultura, y no sólo lo ha demostrado la política, sino también esa prensa adicta que utiliza términos como “titiriteros” para referirse al mundo del teatro y del cine. Esta es una constante que comenzó, creo yo, con el famoso NO a la guerra de los premios Goya. Luego, evidentemente, están las quejas de siempre, lo que pasa es que ahora son muchos los motivos que justifican estas quejas. Actualmente, en el ámbito teatral, está costando mucho trabajar, iniciar proyectos, porque todo son trabas.

Seguramente estas quejas se canalizarían de otra manera si el escenario no fuera tan precario como el actual.

Hay unas necesidades que son tangibles, inmediatas y muy importantes: en lo alto de ese escalafón estarían, para mí, la educación, la sanidad o la cuestión de los desahucios; pero lo intangible es también muy importante. Todo lo que es el espíritu. Esta gente que ha recortado tanto y de todas partes ha favorecido que no se produzca la comunión, y hablo en términos religiosos, entre el público y la obra, una comunión que mejora el modo de pensar, de sentir de los ciudadanos, a los que se le ofrece preguntas, pero también consuelo y entretenimiento, en el más noble sentido de la palabra. Todo esto les parece a los que gobiernan algo de absolutamente prescindible

Además, y esto se percibe en su novela, la cultura constituye una parte muy importante de la formación de todo individuo.

Cuando me dicen que en la novela hay muchas referencias, no me gusta mucho, sobre todo, por el término “referencias”. Lo que hay son experiencias de vida, experiencias que te hacen ver más, sentir más; experiencias que forman parte de tu tejido sanguíneo. Cuando hablo del franquismo y de las experiencias que se vivieron durante esos años me gusta hablar desde lo cotidiano. Se ha hablado mucho del franquismo, puede que nunca lo bastante. Yo no voy a ponerme ninguna escarapela de resistente. Era un niño de derechas, como diría Umbral, un niño de clase media, sin estrecheces, o sea que no lo padecí en un sentido directo. Por eso prefiero hablar de visiones laterales. Te daré un ejemplo. En Un jardín abandonado por los pájaros, hago referencia a dos películas: Cuerno de cabra y Helga. Para ver las dos películas, se habían formado colas larguísimas de espectadores que querían ver estos films por sus escenas eróticas; en Cuerno de cabra la escena en cuestión era una violación, mientras que Helga era un documental sobre un parto. Lo sucedido con estas dos películas me parece paradigmático de la perversión del erotismo que se vivía con la censura; estos dos ejemplos me parecen muy explicativos para poder comprender lo que sucedía en el franquismo. En el libro hago otros ejemplos también de censura, por ejemplo en la música: se introducía un pitido en las canciones para que no se escucharan determinados versos. En American Pie, de Don McLean, se escuchaba un pitido, y nosotros nos preguntábamos que era lo que se debía decir y que no escuchábamos. Lo que se decía era: “the Father, Son and the Holy Ghost take the last train for the coast”. Estas palabras fueron consideradas completamente heréticas.

Marcos Ordóñez | Foto de Manu Manzano

Hablando del cambio cultural, ha escrito muchos artículos sobre series de televisión, por ejemplo, Homeland. Antes se miraba con desdén las series desde la alta cultura y ahora se vive un cambio de paradigma. En Teleshakespeare, Jordi Carrión las define como las nuevas narraciones.

Yo siempre he sido un gran espectador de series y creo que actualmente se están haciendo muy buenas obras; hay una riqueza muy grande de historias, de puesta en escena….Yo no creo que sean “el mejor cine que hoy puede verse”, como se ha repetido muchas veces, porque en ambos campos hay cosas espléndidas y cosas horribles, pero es verdad que en el mundo de las series, fundamentalmente anglosajonas, hay una verdadera floración de talento. En todas las épocas se produce eso, cumbres de una determinada expresión artística, en novela, en música o, ahora, en series de televisión. Yo no tengo una explicación para este florecimiento. Llevo viendo series desde hace muchos años, y ha habido siempre productos muy innovadores e interesantes, por ejemplo en los años ’60 en la televisión inglesa y en la televisión norteamericana. Ahora bien, obras de la complejidad narrativa y humana como Breaking Bad, Mad Men, The Wire, han surgido en estos últimos diez años. Por ejemplo, ahora estoy viendo una serie Argentina de hace un par de años escrita por Javier Daulte que se llama Para vestir santos. Es una serie que juega con los viejos esquemas del folletín pero con una potencia narrativa e interpretativa grande.

Preguntaba su opinión sobre las series más que nada porque frecuentemente se le tiene catalogado como crítico de teatro, cuando escribe sobre diferentes argumentos.

Yo siempre he escrito sobre muchas cosas, aunque desde hace tiempo se me ha visto como crítico de teatro. Ahora en El País tengo la suerte de haber podido ampliar más los temas a través de la columna de los jueves y de mi blog, Bulevares Periféricos. Escribo sobre temas que me han interesado siempre. En el primer periódico donde estuve fijo, El Correo Catalán, en los primeros ochenta, escribía de música, de cine, de teatro, de libros, hacía entrevistas y reportajes… Vengo de todo eso.
Más que hablar de crítico teatral, deberíamos hablar de periodismo cultural.

Ahora colaboro con Carrión en un máster y colaboro dentro de la sección de no ficción, pero yo nunca me he planteado mi trabajo como periodismo cultural, sino de escribir sobre las cosas que me gustas, que me emocionan.

En el artículo Para ti, recordaba a articulistas como Sagarra o Umbral para hacer referencia a un periodismo que no habla sólo de un único tema; sus artículos sobre teatro no son simples reseñas de una obra. El periodismo cultura da más libertad que otros géneros periodísticos.

Yo creo que te puedes permitir cualquier cosa en cualquier formato. La tendencia eterna y general, en cualquier campo, es decir que hay cosas que no se pueden hacer hasta que alguien las hace. No digo que yo abra vías nuevas, pues vengo de una tradición, por eso en ese artículo citaba a Segarra, a Umbral; en ese artículo hablaba de la intimidad o de la complicidad que se tiene que establecer entre el columnista y el lector. Ahora se habla de la figura del prescriptor; a mí me gusta recomendar cosas, porque me gusta compartir cosas, pero mencionaba la idea de intimidad y de complicidad, porque ahora se oyen voces que dicen que lo que va a salvar al periodismos son los especialistas, que establezcan un diálogo fiable con el lector. Esto lo he creído siempre, lo que no me gusta es la palabra especialista porque tiene algo reductivo, pero en fin, tampoco es una mala palabra. Yo creo que lo fundamental es hablarle al oído al lector, sin gritos, establecer una conversación, una cierta confidencialidad. Que sienta que le estamos hablando a él.

Volviendo al tema del teatro y ya para ir concluyendo, hace tiempo comentaba que Lluisa Cunillé es actualmente el nombre más relevante del teatro actual.

Es una autora capital, desde luego. No diré la más revelante, porque hay muchos autores estupendo, pero sí importantísima. Posiblemente sea la mejor de su generación, la que tiene un mundo y una poética mejor definidos.
Personalmente, yo le mencionaría a Juan Mayorga.

El otro día Mayorga me envió un mail muy bonito. Yo había escrito un artículo sobre su última obra El crítico, donde comentaba que había algunos problemas en la última parte de la obra. No fui el único en decirlo, por otra parte. El caso es que Mayorga me decía que, tras leer las diversas reseñas, había reescrito el final y que la versión que se verá en el San Martín de Buenos Aires ya no es la versión que se vio aquí. Me parece admirable.
Esto demuestra que no siempre existe esta rivalidad entre crítico y autor.

Este es un cliché y precisamente de esto hablaba el otro día con relación a Jordi Casanovas y su obra Una Historia catalana. Era una historia muy potente, pero muchos considerábamos también  que en el final se dispersaba. Lejos de despreciar lo que decíamos, Casanovas ha reescrito la obra y ha tenido la suerte y el empeño de volver a hacer la obra en el mismo TNC. Es una obra muy ambiciosa, en todos los sentidos, pero sobre todo en el de la potencia narrativa. No es cara pero es larga, tres horas, con muchas historias entrecruzadas, con diez actores que hacen una veintena de personajes. La crisis ha hecho que muchos autores se vean obligados a reducir su caudal narrativo. Hay cosas que se demuestra que se pueden hacer; lo que falta ahora es que en los puestos clave de la cultura, del teatro, del cine, de la televisión y de la edición gente abierta. Lo que lleva al desastre es estar en manos de mediocres que lo único que quieren es repetir el éxito del año pasado.

Esperemos que así sea…

 

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1 Comentaris
  1. Absolutamente lamentable la anécdota de Mayorga, demuestra la endogamia y la mano que da de comer. Son cuatro amiguetes los que se meriendan los dineros publicos pal teatro, criticos, autores y demás. Siguen trincando, ni recortes ni nada.Mayorga es el ejemplo de pelota maximus. Diez años peloteando a Sanchis, pa que le estrenaran en el Cdn una obra, las abuelillas salian despavoridas al cafe mas próximo. Lo puso en su sitio Haro Tecglen, aburre a las ovejas..