Calderón «vociferado»

22.03.2013

Con gran interés esperaba la reciente representación de La vida es sueño, en Barcelona. Asistí a ella dos días antes de que terminara esta breve temporada. Teatro a rebosar. En nuestra ciudad y en otros lugares de Cataluña, nunca ha faltado el interés por el teatro español del Siglo de Oro. Además, este montaje, de Helena Pimenta, venía precedido de un elogio mediático poco menos que ditirámbico. Por otra parte, me había llegado el prestigio de la directora de la obra. También, el de la actriz Blanca Portillo, que encarnaba nada menos que el papel de Segismundo.

Blanca Portillo a 'La vida es sueño' | Foto de Ceferino López

Entre esperanzado y temeroso, muy temeroso, fui al teatro. Acudí con la esperanza y el deseo de que no se confirmara una vez más el hecho lamentable que suelen cometer algunos de los directores cuando se proponen poner en escena obras en verso. Algo que, por supuesto, también afecta a demasiados actores que parecen ignorar que el teatro en verso no hay que interpretarlo como si fuera prosa, sin señalar —hasta donde la teatralidad lo permite, que lo permite— la métrica: encabalgamientos, sinalefas, etcétera, cosa que el director y los actores no tienen que desconocer. Resultado: mala dicción de los versos, mala interpretación de la obra, tanto por lo que atañe a la poesía teatral como a todo lo que la obra cuenta y significa. Otrosí: el director de teatro cómo va ignorar que el énfasis del texto —¡y no hay poco en La vida es sueño!— en modo alguno puede equivaler a verdaderos gritos, y que la meditación —¡tampoco falta en esta obra!— no hay que expresarla mediante susurros que apenas llegan al «respetable». De «gritos y susurros», dicho sea con la venia de Ingmar Bergman, pecaba, y no de modo venial…, la representación de La vida es sueño, representación que «padecí». ¿No se enteraba Helena Pimenta de cómo gritaban o susurraban los actores? ¿No asistía, durante los ensayos, desde el patio de butacas, a lo que sucedía en el escenario? ¿Blanca Portillo no podía por lo menos intuir que gritando y susurrando su voz no llegaba a ser la palabra calderoniana que iba a transmitir? ¿Nadie supo dirigirla, ni ella autodirigirse, siendo la excelente actriz que demostró ser cuando el inicial lamento de «Segismundo» y en otros soliloquios? Ahí estuvo bien, pero que muy bien. Conmovedora. Pero tal acierto ponía de relieve las vociferaciones «cometidas» tanto por ella como por sus compañeros de tablas, con lo que destacaba la falta de acierto de la directora, y no digamos de Vicente Fuentes, asesor de verso. Gran festival de vociferaciones que, todo hay que decirlo, el público aplaudió con intensidad. ¿Tan fino de oído será el «respetable» barcelonés que resulta capaz de entender lo que se vocifera y lo que apenas se musita? Debe de ser que sí.

¿Que Helena Pimenta se las ve y se las desea para que sus actores reciten bien el verso? Seguramente. ¿Que el buen recitar es imposible? Con la versión cinematográfica del lopesco El perro del hortelano, Pilar Miró logró que los actores aprendieran muy bien lo que es recitar. Una delicia para el oído, aquella versión. Sólo un reparo. Que cuando se trataba de los sonetos, se puso e impuso una música de fondo que impedía gozarlos tal como Lope los escribió y tal como los actores muy bien los recitaban. ¿Que las comparaciones son odiosas? No siempre. Helena Pimenta podría aprender de aquella versión auténticamente «de cine» por su gran calidad teatral.

 

La vida es sueño de Calderón dirigido por Helena Pimenta | Foto Ceferino López

 

Lamento mi diatriba. Con ella no espero conseguir nada. Pero que conste que por lo menos algún barcelonés —¡no soy el único!— padeció otra vez el error de una mala representación de La vida es sueño, cuando una actriz como Blanca Portillo pudo haber logrado muchos más momentos magistrales que los escasos que nos deparó.

No sería justo si no dijera que muy buena la escenografía, pero que no muy bien el attrezzo: un personaje empuña tizona del siglo xv y al mismo tiempo otro espada del xvii. ¿Mínimo detalle? Por otra parte, agradecí que el cuarteto de músicos no viera estropeada su excelente labor por causa de unos siempre temibles altavoces.